Reflexión y declaración

REFLEXIÓN Y DECLARACIÓN


Santiago, 30 de octubre de 2019.


A nuestras comunidades educativas, a las personas vinculadas a nuestra congregación, y a toda persona que comparte los valores de PAZ Y BIEN.

Como todo hijo de esta tierra, hemos escuchado el clamor de miles de hermanos que, tanto en las calles como desde sus edificios y casas, siguen manifestando el descontento que vivía en la conciencia, por mucho tiempo, por las grandes desigualdades y distancias que existen entre los que tienen menos y con los que tienen mucho, y que en estos días se ha manifestado de distintas formas.

Como Hermanas Franciscanas no estamos ajenas a este clamor, lo compartimos plenamente, porque el clamor del pueblo llega hasta Dios, como lo dice la Biblia: “He visto la aflicción de mi pueblo; he escuchado el clamor… y conozco sus sufrimientos”. Como hijas de Madre María José, nuestra fundadora, está en nuestro espíritu esta actitud de acoger el sufrimiento, ya que nosotras hemos nacido para preocuparnos de los más necesitados, como lo hizo nuestra Madre con los huérfanos y pobres de su tiempo.

También hemos visto con tristeza la mucha violencia y destrozos que ha invadido nuestras calles, lugares de trabajo, lugares de encuentro, lugares para movilizarnos, etc. y de esta manera muchas de nuestras ciudades están quedando como “bombardeadas”.

Esto nos ha hecho reflexionar y no podemos permanecer indiferentes y pasivas. Es por eso que invitamos a todos a unirnos para colaborar en la tarea de construir entre todos una convivencia solidaria y fraterna, lejos de toda clase de violencia e injusticia, mirando siempre el bien común. De este modo, nuestra tarea será la expresión de construir una convivencia cada día más humana, actuando cada persona según sus cualidades y posibilidades.

Los llamamos a todos a desterrar toda forma de violencia, ya que sus frutos son ¡más violencia! No permitamos que nuestros niños y adolescentes, que nos miran para tener modelos de vida confiables, les sembremos: odios, venganzas, y formas erróneas de solucionar las dificultades y problemas.  La herramienta que no falla para entendernos, ser escuchados  y escuchar, es el diálogo fecundo. Dialogar es siempre buscar el bien común, y en este diálogo, cuando es verdadero, siempre acude el Señor a nuestra ayuda, como lo dice el Evangelio: “Mientras conversaban y discutían, el mismo Señor se acercó a ellos, y se puso a caminar a su lado”.

¡Eso quisiéramos! Para los que tenemos fe, busquemos al Señor y caminemos con él, para que vuelva la paz, pero no la paz de los cementerios, sino esa paz que nos llama a sembrarla en las calles, en los medios de comunicación, en la locomoción colectiva, en los hospitales, en las cárceles, en los colegios, en las universidades, en las iglesias, en los campos y ciudades, y en todos los lugares de nuestra patria. Y así todos tendremos: “Pan, respeto, y alegría”.

Pedimos a nuestras autoridades que sepan “leer estos signos” que invaden nuestra realidad y respondan con prontitud a estos clamores que están llegando hasta Dios.

 

¡Paz y bien para todos!